Cuando éramos adolescentes, al conversar, solíamos divagar bastante. Hablábamos de cómo debería ser el mundo. Teníamos ideas muy delirantes y algunas un poco mas lógicas. Los tópicos podían ir desde cosas concretas, como por ejemplo abrir un bar hecho a la medida de nuestros gustos, o cómo debería jugar la selección de fútbol; a otras ideas más abarcadoras, como establecer un nuevo orden mundial, en esos primeros años de conciencia en que descubríamos que el capitalismo es un sistema injusto. También discutíamos si la música de ese entonces era mejor o peor que la de décadas anteriores.
Tiempo más tarde, entramos a una edad en la que todos estos tópicos dejaron de ser meramente teóricos. Ahora no pensamos en cómo debería ser un bar, sino que abrimos uno. Alguno intentará despuntar el vicio y comenzará a entrenar equipos juveniles de fútbol. Otros valientes decidirán encarar proyectos musicales en sus tiempos libres y, seguramente, alguno intente meterse en política para cambiar el mundo o, indefectiblemente, corromperse en el intento.
Pero sin embargo, un tema del que hemos hablado mucho y, seguramente nadie llegue a materializar, son los viajes en el tiempo.
Sí. Todos nosotros en algún momento de delirio, hemos fantaseado con esta idea. Piénselo bien antes de continuar con esta lectura. Intente recordar. Porque de no haber hablado nunca de viajes en el tiempo, esto le parecerá una reverenda estupidez. Si ese es su caso, amablemente le advierto que está leyendo el texto equivocado.
En caso de proseguir, imagínese por un momento que los viajes en el tiempo llegan a nuestra vida cotidiana. Suponga también que ha pasado un tiempo prudente, y el mundo se organizó de tal manera, que estos pueden estar al alcance de la población general, y no solo de algunos privilegiados.
¿Cuál sería su primer destino? Algún viaje al pasado, quizás, con el fin de corroborar, o simplemente presenciar, algún hecho histórico en el momento exacto en el que estaba sucediendo. O viajar a ver nuevamente a un ser querido que ya no está. ¿O sería usted acaso un usuario más intrépido? Con curiosidad por el futuro. Alguien que deja que sus impulsos lo lleven muchos años hacia adelante, para ver qué ha sido del destino de la raza humana.
Pensemos por un segundo, entonces, en el infinito mundo de posibilidades que se nos abriría. Pero antes, nos resultará necesario entender cuales serían las reglas, o leyes, de dichos viajes.
¿Podremos viajar sólo mediante nuestra conciencia? Simplemente presenciando aquellos probables mundos pero sin poder participar.
¿O seremos capaces de trasladarnos corporalmente? Modificando de esta forma, dichas realidades. Daremos por hecho, y no nos explayaremos aquí sobre temas tan intrascendentes como la creación de líneas paralelas de tiempo. Quizás eso sea una consecuencia lógica de los viajes temporales. Pero dejaremos estos temas para los físicos deprimidos y las películas de ciencia ficción.
Supongamos que la segunda opción es la que prevalece.
El próximo razonamiento que usted estará teniendo, será el hecho de que si bien nuestras existencias son finitas, limitadas por la cantidad de años biológicos en los que transitamos esta vida, nuestra presencia pasaría a ser eterna. Ya que podremos vivir todas las épocas a lo largo de la historia del universo. No importaría exactamente, en donde viven las personas, o si estas están vivas. Ya que podríamos visitarlas en cualquier época. Nunca extrañaríamos a nuestros abuelos, familiares o a los amigos que ya no están. La muerte carecería de sentido. Sabríamos que podemos compartir momentos con ellos cada vez que lo deseamos.
Probablemente el tiempo dejará de existir, al menos tal como lo conocemos. Los años, décadas, siglos, eras y períodos geológicos serán simplemente lugares a los que ir cuando tengamos ganas.
Imagínese también que el flujo entre las distintas épocas, crearía nuevas realidades en las que sería posible convertir en ilimitados los recursos naturales salidos de nuestra propia tierra. Llevarlos de un siglo a otro y así suplir todas las necesidades que surjan. Algo así como si la tierra se convirtiera en una enorme tarjeta de crédito.
Podríamos remodelar años enteros y convertirlos en parques de atracciones preparados para recibir a estos turistas temporales.
Las reservas naturales, ruinas arqueológicas o ciudades antiguas, podrían ser visitadas en sus años de apogeo. Incluso podríamos encontrar restaurantes, heladerías y tiendas de souvenirs a la entrada de los esplendorosos templos de Egipto en tiempos de Ramsés el Grande. Presenciar momentos y revoluciones históricas, como la quema de la Bastilla, tomando un café de Starbucks a un costado de la plaza.
Los safaris por territorios colmados de dinosaurios dejarían de ser propiedad exclusiva de las películas de Jurassic Park. Y los viajes al espacio y hacia otros planetas serían moneda corriente, previa escala en la tierra del futuro, que posee la tecnología para hacerlos.
Hasta me permitiría decir que nuestra única preocupación sería cómo aprovechar nuestros años de vida para elegir de forma óptima los destinos de nuestros viajes.
Probablemente la educación escolar consistirá, en gran parte, en prepararnos para elegir a dónde viajar. Los libros de historia serán entonces folletos de viaje en los que decidiremos qué lugares ir a ver en el momento del tiempo que visitamos. Por supuesto con la ayuda de un profesor de historia, ahora devenido en guía turístico.
Comprenderíamos finalmente cuan vasto e inabarcable es nuestro Universo. Veríamos al tiempo como una variable más dentro de un conjunto de leyes por las que nos moveríamos como peces en el agua. Nuestros años de vida para disfrutarlo, serían muchísimos más, ya que uno de los primeros ritos al nacer, será viajar hacia el futuro en busca de los avances médicos que sirvan para prolongar nuestra existencia hasta exprimir la última gota que quede en nuestras almas.
Habría dos tipos de personas: las que averiguan en el futuro la fecha en que morirán, o las que preferirán ignorar esa información y dejarse sorprender. ¿Usted cuál elegiría?
Se volvería totalmente normal, ver lápidas con años de nacimiento posteriores al año de defunción.
En vez de tener grupos de amigos del trabajo, de la universidad o del colegio; ahora tendremos amigos de distintas épocas con los que nos juntaremos de tanto en tanto para compartir unas cervezas en la Europa Medieval o una jarra de pulque con nuestros amigos Aztecas.
Algún narcisista podrá viajar al pasado para hacerse amigo de sí mismo, colmando así su apetito de vanidad.
Durante los primeros momentos, algunos católicos valientes, viajarían a Jerusalén, a presenciar la resurrección de Jesus de Nazaret. Con la posibilidad latente de encontrarse con el desencanto de que no haya sucedido jamás.
Otros, más conservadores, se negarían a utilizar la máquina del tiempo. Alineados con otras organizaciones escépticas, como los terraplanistas, vivirían siempre en la misma era, aduciendo que los científicos se dispusieron a inventar toda una coartada de ciencia ficción y viajes virtuales para poder seguir explicando el mundo según sus falsos principios.
Como puede ver, señor lector, los resultados serían realmente variados y delirantes. A la altura de una imaginación como la suya, si es que llegó hasta este punto.
Es usted dueño de una mente abierta, o quizás simplemente tenga mucho tiempo libre.
Pero no se preocupe. Podemos quedarnos tranquilos. Por suerte ninguno de nuestros amigos inventará nunca dicha maquina del tiempo. De lo contrario abrir un bar, formar una banda de rock, dirigir un equipo de fútbol o postularse a Presidente, serían hechos insignificantes.

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